Santuario da Barca (Muxía)

5/10/2013

Como todo Santuario que se dedica a una Virgen, el de la Barca también cuenta con su propia leyenda que dio origen a su construcción. Según reza la tradición, la Virgen llegó en una barca de piedra hasta las costas del actual Muxía para encontrarse con el Apóstol Santiago y darle aliento en su difícil tarea de predicación. Al tocar tierra, la barca se rompió en mil pedazos dando lugar al conjunto rocoso que reposa a los pies del Santuario. Poco después, apareció una talla de la Virgen bajo una de las rocas y fue trasladada a la iglesia de la villa. Pero la imagen desapareció misteriosamente de allí y volvieron a encontrarla en el mismo lugar donde había aparecido la primera vez. Estaba claro que la Virgen quería permanecer en ese lugar, a pie de mar, por eso los vecinos de la zona decidieron construir allí un santuario donde pudiera descansar por toda la eternidad.

Y es que la Virgen no se equivocaba. Supo elegir muy bien su lugar de reposo. Porque desde aquí, la puesta de sol es especial. Su orientación hacia el oeste permite contemplar cómo el astro rey desaparece bajo las aguas que bañan A Costa da Morte y cómo los últimos rayos del día tiñen de naranja la fachada del santuario mariano. El espectáculo visual que se produce durante las horas vespertinas, sumado al que provocan las olas al romper con la agreste costa, nos invitan a recorrer la plataforma rocosa y a escalar los enormes pedruscos hasta llegar al borde del mar y sentarnos allí, solos o en compañía, para dejarnos asombrar. El viajero solitario encontrará en este paraje el retiro perfecto para meditar en contacto con la naturaleza y con sus cuatro elementos. Y si el viaje lo realizamos con la persona amada, la estampa del lugar nos incita a enamorarnos aún más.

La leyenda de la Virgen no es la única que rodea a este mágico rincón. Alrededor de las piedras circulan historias y rituales de las que debe participar todo aquel que visita el lugar. La piedra más conocida es la de abalar, que se podría traducir como mover o mecer. Porque eso es precisamente lo que se pretende cuando uno se sube encima de ella. Claro, la cosa no es tan fácil, pues la piedra en cuestión tiene una extensión de unos 60 metros cuadrados y un espesor de 30 centímetros, pero si la fe mueve montañas, ¿por qué no una simple roca? Además, se dice que aquel que consiga moverla verá cumplido su deseo.